Portada Ciudades 08, 2004 (La Rondilla)

En la llamada época del “desarrollismo”, allá cuando la ciudad se construía bajo el signo inequívoco de la “edificabilidad”, procediéndose a una extensión indiscriminada de su ámbito original existente, sin más limitaciones que aquéllas que imponía el beneficio inmobiliario inmediato, la cuantificación de lo construido ocultaba, sustituía y, en cierta manera, representaba la consabida y prevista ausencia de cualidad en el producto final obtenido, sobre todo la que se expresaba a través del binomio residencia-equipamiento social. La construcción de la ciudad, en efecto, semejaba más un acuerdo entre todos aquéllos que estaban interesados en este proceso de desarrollo, medido en clave cuantitativa, que en expresar en el espacio “derechos” y “libertades” que contribuyesen a la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes.

Tantas contradicciones provocó esta manera de proceder a la construcción de la ciudad que no hubo más remedio que cuestionar sus principios con el objetivo de recuperar derechos nunca expresados, reivindicaciones jamás atendidas. Movimientos sociales vinculados con organizaciones democráticas ciudadanas, así como el impulso añadido del imprescindible desarrollo de una democracia política a nivel de Estado, abrió el camino, como no podía ser de otra manera, hacia un ambiente social mucho más propicio, encauzando un proceso encaminado al entendimiento decididamente democrático de la práctica de la planificación urbana.

Publicado: 01/06/2004