Portada Ciudades 03, 1996

Apostar por el Plano Urbanístico, por el Proyecto de Ciudad, entendido como un proceso de largo alcance con capacidad para ir definiendo y concretando específicas intervenciones, cuyos objetivos deberían enmarcarse en la transformación y uso del espacio (Urbano y Territorial) en clave popular y democrática, es el empeño que se manifiesta a través de la acción práctica y teórica de profesionales, profesores universitarios e investigadores que comienzan a reunirse en tomo a este pequeño ámbito cultural que llamamos “Ciudades“.

Hoy nos proponemos “pensar la ciudad” y, para ello, nada mejor, decimos, que apostar por nuestra herramienta por excelencia, es decir, por el Planeamiento Urbanístico. Con ello no queremos decir que nuestra apuesta se manifieste en un ámbito acrítico, donde no sea posible cuestionar el alcance, muchas veces limitado y autoritario, del Planeamiento. No deseamos movemos en las coordenadas culturales que ha descrito, de forma impecable, el escritor Saramago en su extraordinario “Ensayo sobre la Ceguera”. Nuestra apuesta es crítica, hasta el punto de renunciar, si a esa conclusión llegamos, a esa herramienta que, hoy por hoy, seguimos reivindicando como el proceder más riguroso para Proyectar la Ciudad.

Establecemos, por tanto, la hipótesis de que es desde la práctica del Planeamiento Urbano cómo se han elaborado, y cómo es posible aún seguir elaborando, las más rigurosas teorías y pensamientos sobre la ciudad. Valga como ejemplo, y de ahí su presencia en este número de “Ciudades“, los postulados teóricos que distinguen a la obra, teórica y práctica, de G. Campos Venuti, al que dedicamos algunas páginas de esta revista en su merecidísima investidura como Doctor Honoris Causa que le ha sido concedida por la Universidad de Valladolid. Leamos, atenta y detenidamente, su discurso.

Publicado: 01/06/1996